El gobierno ucraniano ha asegurado que más de mil cuatrocientos ciudadanos de unos treinta países africanos se encuentran combatiendo del lado de las fuerzas rusas en la guerra de Ucrania. De acuerdo con esas autoridades, muchos habrían sido reclutados mediante contratos poco transparentes, con promesas económicas difíciles de verificar y con muy bajas probabilidades de regresar con vida. El dato ilustra hasta qué punto el conflicto europeo tiene ramificaciones globales y cómo actores con pocos recursos terminan expuestos a una guerra ajena, motivados por la necesidad económica, la falta de oportunidades y la acción de redes de reclutamiento cada vez más sofisticadas.

Para los países africanos implicados, la cuestión es doblemente sensible. Por un lado, deben enfrentar el desafío de controlar el flujo de ciudadanos que parten hacia un conflicto que no controlan y sobre el que tienen escaso margen de influencia diplomática. Por otro, se ven obligados a calibrar su posición entre Rusia, Occidente y la propia Ucrania, en un contexto de competencia geopolítica intensa por la influencia en el continente. El fenómeno también expone la vulnerabilidad de jóvenes sin perspectivas, que ven en los contratos militares externos una salida inmediata a la precariedad, aun cuando el costo humano sea enorme y los beneficios de largo plazo sean prácticamente inexistentes.