El 8 de mayo de 2026, el Departamento de Guerra de Estados Unidos publicó la primera tanda de documentos desclasificados sobre Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP), conocidos popularmente como OVNIs. La operación, denominada PURSUE (Presidential Unsealing and Reporting System for UAP Encounters), fue impulsada por una orden directa del presidente Donald Trump firmada en febrero y representa la mayor liberación de archivos secretos sobre el tema en la historia reciente del país. Con más de 160 documentos disponibles de manera inmediata y sin necesidad de autorización especial, la Casa Blanca puso al alcance del público décadas de registros militares, testimonios de pilotos, informes del FBI, fotografías de la NASA y transcripciones de astronautas que vieron algo inexplicable en la Luna.
El contenido de la primera entrega es heterogéneo y abarca desde avistamientos reportados por civiles en los años cuarenta hasta observaciones más recientes de militares desplegados en Irak en 2022 y en Siria en 2024. Entre los materiales más llamativos figuran los informes del FBI que documentan cientos de páginas de testimonios oculares entre 1947 y 1968, transcripciones de los astronautas de la misión Apolo 12 que mencionaron objetos no identificados durante el viaje lunar de 1969, y videos de operadores de drones militares que registraron objetos de comportamiento aéreo inexplicable, incluyendo el caso documentado por la Oficina AARO de "orbes que lanzaban otros orbes", calificado por el propio departamento como uno de los videos más significativos del lote.
Desde el punto de vista institucional, la operación fue presentada como un acto de transparencia sin precedentes. El secretario de Guerra Pete Hegseth declaró que estos archivos, "ocultos detrás de clasificaciones", habían alimentado durante demasiado tiempo especulaciones justificadas, y que era hora de que el pueblo estadounidense los viera. La directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard describió un programa de desclasificación "comprensivo" y multiagencial, mientras que el portal war.gov/ufo fue habilitado como repositorio centralizado donde cualquier ciudadano puede acceder a los materiales en tiempo real, con nuevas entregas prometidas cada pocas semanas.
Sin embargo, desde una perspectiva analítica, la operación tiene varias capas que merecen ser examinadas con cuidado. La primera es el contexto político. Trump impulsó esta desclasificación en respuesta a presiones de legisladores republicanos como Anna Paulina Luna y Tim Burchett, que afirmaban que el gobierno ocultaba información sobre vida extraterrestre. En ese sentido, la apertura de los archivos sirve simultáneamente como gesto de transparencia genuina y como capital político ante una base electoral fascinada con el tema. No es casual que el anuncio se haya hecho con amplia cobertura mediática y a través de redes sociales, en lugar de los canales reservados de la inteligencia.
La segunda capa es la del contenido real. Los expertos consultados por Scientific American señalaron que ninguno de los documentos publicados contiene revelaciones que sorprendan a quienes siguen el tema de manera rigurosa. Los archivos ofrecen testimonios, fotografías y videos de objetos no identificados, pero en ningún caso aportan evidencia concluyente de vida extraterrestre ni de tecnología de origen no humano. El propio sitio web del gobierno incluye un descargo de responsabilidad que advierte que el lenguaje descriptivo de los memorandos militares refleja la "interpretación subjetiva" de los autores y "no debe considerarse evidencia definitiva" de los hechos descritos. En otras palabras, la desclasificación hace públicos los reportes tal como fueron redactados, sin explicarlos ni resolverlos.
La tercera capa es la geopolítica y de seguridad. El debate sobre los UAP no es solo filosófico o cultural: tiene implicaciones concretas para la inteligencia militar. Algunos de los avistamientos sin explicación documentados en los archivos ocurrieron sobre instalaciones militares, en zonas de conflicto activo o involucraron objetos con capacidades de maniobra que exceden lo conocido tecnológicamente. La pregunta que el gobierno no responde en los documentos publicados es si esos objetos representan tecnología adversaria extranjera —drones chinos o rusos de generaciones avanzadas, por ejemplo— o fenómenos genuinamente inexplicados. Esa ambigüedad no es inocente: mantiene abiertas todas las interpretaciones sin comprometer posiciones estratégicas.
En el plano internacional, la publicación generó reacciones que van desde el escepticismo científico hasta la atención activa de gobiernos y agencias espaciales. El precedente que establece es relevante: si Estados Unidos inicia un proceso de desclasificación masiva y sostenida sobre fenómenos inexplicados en su espacio aéreo, otros países podrían verse presionados a hacer lo propio con sus propios archivos. Francia, el Reino Unido, Canadá y Brasil tienen registros similares con distintos niveles de apertura. Una transparencia mayor y coordinada podría cambiar el marco científico y político del debate, que hasta ahora se movió principalmente entre la especulación popular y el secretismo institucional.
En definitiva, la desclasificación impulsada por Trump es un hecho histórico en términos de volumen de información liberada y de alcance político del gesto. Pero también es un hecho con límites claros: no resuelve la pregunta central sobre qué son exactamente esos objetos, no ofrece conclusiones oficiales sobre su origen y no elimina la brecha entre lo que los archivos documentan y lo que el gobierno efectivamente sabe. Lo que sí hace es convertir a la ciudadanía en destinataria directa de décadas de registros militares sin filtro institucional, trasladando a la opinión pública la carga de interpretar evidencia que los propios aparatos de inteligencia no han logrado explicar de manera definitiva en ochenta años.