Empresas tecnológicas expanden centros de datos y redes de servicio con una lógica cada vez menos abstracta: importa donde está la energía, donde están los usuarios y donde el marco regulatorio ofrece estabilidad.
Esa nueva geografia no solo redistribuye negocios, tambien redefine influencia economica y atractivo para gobiernos que buscan captar infraestructura critica.
Lo digital, en otras palabras, ya no flota sobre el mapa: vuelve a depender visiblemente de él.